fuente: ABC.com
El autor de la biografía sobre el fallecido líder de Apple destaca la «intuición» y los «arranques imaginativos» como claves de su éxito. «La gente inteligente y con formación no siempre genera innovación», sostiene
Una de las preguntas a las que hice frente al escribir sobre Steve Jobs fue hasta qué punto era inteligente. A primera vista, no sería un gran problema. Cabe suponer que la respuesta obvia es que era muy, muy inteligente. Quizás merecería tres o cuatro «muy». Después de todo, fue el líder empresarial más innovador y de mayor éxito de nuestra época y encarnaba el sueño de Silicon Valley en toda su extensión: creó una pequeña empresa en el garaje de sus padres y la convirtió en la más valiosa del mundo.
Pero recuerdo que estaba cenando con él hace unos meses, sentados a la mesa de su cocina, como hacía casi todas las noches con su mujer y sus hijos. Alguien trajo uno de esos rompecabezas de un mono que tenía que llevar un montón de plátanos por un desierto, con una serie de restricciones sobre lo lejos que los podía llevar y cuántos podía cargar a la vez, y tenías que averiguar cuánto tiempo necesitaría. Jobs realizó unas estimaciones aproximadas intuitivas, pero no mostró interés en dilucidar el problema de forma rigurosa. Pensé en cómo Bill Gates habría hecho clic-clic-clic y hubiese dado la respuesta exacta de forma lógica en 15 segundos, y también en cómo Gates devoraba libros de ciencia por placer durante sus vacaciones. Pero entonces se me ocurrió otra cosa: Gates nunca creó el iPod. En vez de ello, ideó el Zune.
Por tanto, ¿era Jobs inteligente? No de forma convencional. Pero era un genio. Puede parecer un juego de palabras absurdo, pero en realidad su éxito pone de manifiesto una interesante distinción entre inteligencia y genialidad. Sus arranques imaginativos eran instintivos, inesperados y, a veces, mágicos. Los provocaba su imaginación, no el rigor analítico. Educado en el budismo zen, llegó a valorar la sabiduría de la experiencia por encima del análisis empírico. No estudiaba datos ni devoraba números, sino que, como un explorador, podía oler los vientos y presentir lo que le aguardaba más adelante. Me dijo que empezó a apreciar el poder de la intuición, en contraste con «el pensamiento racional occidental», cuando recorría India tras dejar la universidad. «En India, la gente del campo no usa su inteligencia como lo hacemos nosotros», afirmaba. «En vez de ello, utiliza la intuición... La intuición es algo muy poderoso, más poderoso que la inteligencia, en mi opinión. Eso tuvo un gran impacto sobre mi trabajo».
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